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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
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Los Treinta años de silencio en el cristianismo del siglo I

 

Los treinta años de silencio del siglo I


                                              Clemente de Roma, puente entre dos siglos

            Hay una época que abarca casi tres décadas en las que apenas tenemos datos coherentes o registros históricos que muestren lo que pasó en el cristianismo. El libro de Hechos de los Apóstoles parece acabar de manera abrupta, con Lucas junto a un Pablo en semilibertad, pero sin señalar su muerte, ni relatando que fue de los ayudantes de este, como Timoteo, Tito, Silas, (Silvano) o Marcos, los cuales bien pudieron estar entre los aspirantes al relevo apostólico. Si bien, por las últimas cartas de Pablo y Pedro, sabemos que Tito acabó en Dalmacia, a Silvano se le sitúa con Pedro en Babilonia, Timoteo dirigiendo las congregaciones de Éfeso, aunque posiblemente visitase a Pablo en sus últimos momentos. Hasta el año 62, Pablo había conseguido un buen juicio por parte del Cesar Nerón, quizás este decidió indultarle aconsejado por Séneca, con el cual, según algunas tradiciones, mientras en Roma, Pablo tuvo cierta comunicación, como parte de su defensa. Existen unas cartas que supuestamente corroboran esa comunicación entre Pablo y séneca, aunque no son dignas de tener en cuenta, según la mayoría de los expertos.

Pablo, en el año 65 escribió desde Roma una última carta a Timoteo, y en su parte final escribe una especie de despedida, alude a como tuvo un primer juicio del que salió triunfante, pero parecía comprender que le esperaba algo peor, pues habla de sus cadenas de prisión y de su pronta liberación, pero en el sentido de un final de su vida en la tierra. Menciona también que en ese momento Lucas le acompaña, habla de algunos traidores. Quizás Lucas corriera la misma suerte que Pablo, un final abrupto y por eso el libro de los Hechos quedó allí. Pero en las escrituras no podemos ir más allá de esto. Incluso si vamos a los hechos apócrifos existentes, relacionados con otros apóstoles o cristianos de la época, todos acaban con el martirio de estos, ya sea Pedro, Mateo, Andrés, Santiago Alfeo, Judas Tadeo. Todos parecen haber muerto en diferentes lugares, pero sin llegar más allá del año 65.

Y es que el tiempo pasaba, y la línea apostólica natural se agotaba, elementos claves del cristianismo, como Pedro, Santiago y Pablo ya no estaban para el año 70, se habla entonces de años silenciados a estas tres décadas que trascurren, desde el año 65 cuando Pablo y Pedro mueren, Juan es exiliado a Patmos y otros cristianos prominentes dispersados a oriente, hasta el año 95. Apenas tenemos información sobre lo que hicieron los cristianos de Judea y Jerusalén. A través de Eusebio se conocen algunos detalles aislados, como que Juan, durante la destrucción de Jerusalén se encontraba en Asia, donde permaneció por seguridad, pero que poco después fue exiliado a la isla de Patmos, alejando de los círculos de influencia y control. Mientras que la mayoría de los cristianos de Judea y alrededores de Jerusalén se establecieron, ya desde el año 66 en la ciudad de Pela, en la Decápolis oriental más allá del Jordán. Se desconoce, sin embargo, quienes lideraron la congregación cristiana y desde donde, desde  Roma no podía ser, pues era muy peligrosa la situación de los cristianos después del año 64, con Nerón culpando a estos del incendio de la ciudad.

                              Arco de tito en Roma conmemorando la destrucción de Jerusalén en el 70EC

Lo que sí queda claro es que, una vez desmantelada la revuelta judía y destruida la ciudad de Jerusalén, sede principal del judaísmo y del cristianismo inicial, esta ya no volvió a ostentar ese privilegio, aunque realmente dejó de serlo desde poco antes de esa destrucción. De hecho, durante décadas Jerusalén solo fue un montón de escombros arrasados, hasta tal grado, que comenta el historiador Josefo que nada quedó en ella que pudiese persuadir al visitante de que aquello había sido alguna vez habitado, así permaneció, según parece hasta el año 135, es posible que algunas pequeñas chabolas o casuchas se mantuvieran durante ese tiempo, con los pocos sobrevivientes del saqueo, pero no había cristianos entre estos. Según cuenta Eusebio, un descendiente de Santiago Alfeo, conocido como Simón hijo de Clopas lideró el cristianismo de la zona de judea hasta bien entrado el siglo II, pero no hay indicación que lo hiciera desde las ruinas de Jerusalén.

Aunque no se pone en duda que otros ocuparían los puestos dejados por los apóstoles muertos, ya que al parecer había una sucesión apostólica o de gobierno. Eso sí, lejos estaba la idea de un poder de liderazgo en una sola persona, eso no cabía en la mente de los primeros cristianos, para quienes tampoco podía existir la idea de idolatrar o mostrar veneración a humanos, por muy prominentes o claves que pudieran ser en el cristianismo. Además, la mayoría de los primeros discípulos debía tener entre setenta y ochenta años para ese entonces.

            Durante la segunda mitad del primer siglo, el cristianismo ya era un movimiento internacional, ahora bien, si su principal zona de influencia, no estaba en Roma, ni ninguna ciudad de occidente, y si después del 66, tampoco era Jerusalén, ¿Desde dónde se dirigía la iglesia? Por la misma razón que descartamos Jerusalén, lo hacemos con alguna ciudad de Judea, de Galilea, ni ninguna ciudad cercana a estas regiones, tampoco desde Pela se conocen cartas o documentos que indiquen la idea de que la sede apostólica se mudase allí. Algunos pequeños detalles parecen indicar que, durante un tiempo, fue más bien la zona norte de Palestina, sobre todo Antioquía de Siria, la que llegó a ser ciudad clave en el cristianismo de la época, y decimos esto a tenor de ciertos datos anteriores. Por ejemplo, durante el ministerio de Pablo esa ciudad era la base desde donde iniciaba este sus diferentes viajes misionales, lo cual indica su importancia. De hecho, desde casi el principio aquella ciudad cobró cierta importancia, pues fue allí, alrededor del año 40, donde se decidió adoptar el nombre de “cristianos” nombre que concordaba más con su sentido y dejaron de ser llamados “El Camino”, eso significó que no permitieron que el nombre se lo pusieran otros, sino escogido por “providencia divina”, posiblemente en un concilio local. Antioquía de Siria tenía otra ventaja, allí los cristianos no sufrieron por las turbas de judíos fanáticos, como en otros lugares, además no sufrió las consecuencias de las guerras judías y se mantuvo como un punto clave hasta finalizar el siglo.

                                    Antioquía de Siria en el siglo I

El aumento era mayor también en occidente y poco a poco pasando a Europa, el cristianismo iba tomando poder, pero no en el sentido de posición gubernamental, sino por su número. En el Apocalipsis de Juan el consejo a las congregaciones incluye a un semicírculo de congregaciones de Asia menor, la actual Turquía, que iba desde Éfeso hasta Laodicea, pero no se mencionan como centro del gobierno de la iglesia de esa segunda mitad del siglo I, ni tampoco que fuera Patmos, desde donde se lanzó el mensaje.

El imperio romano, muy influido todavía por el paganismo, poco a poco empezó a ver a los cristianos ya no como una minoritaria secta judía inofensiva, sino como una plaga creciente, por ello trataba de ponerle freno, con duras persecuciones, sobre todo en Roma y sus alrededores, desde la mitad de la década de los 60. En julio del año 64 Roma fue incendiada, poco después se culpó a los cristianos de dicha catástrofe, dando inicio a una terrible persecución que se llevó consigo a Pablo, un año y medio después. Aunque era más difícil frenar a los cristianos en los extremos del imperio, de allí que en aquellos lugares el crecimiento del cristianismo fuese mayor. En el caso de Pedro, si bien las tradiciones afirman que fue a Roma y que murió martirizado allí, es posible que se trate de una interpretación errónea. Es más, en una de sus cartas escritas para la zona de Asia, Capadocia y Bitinia, manda saludos desde Babilonia. Aun así, los argumentos para afirmar que estuvo en Roma son cuatro:

1)     Según algunos, Babilonia era el nombre simbólico con el que los cristianos se referían a Roma, por eso explican que cuando el envejecido apóstol Juan mencionó el juicio a Babilonia la grande se refería a Roma.

2)     Por otro lado, como Pablo en el año 64 solicitó que se enviara a Marcos con algunos rollos y pergaminos para ayudarle en Roma, eso podía significar que Marcos estaba en Roma y ya que Pedro en su carta afirma que este estaba con él, eso sería prueba de que Pedro estaba en Roma.

3)     En el apócrifo libro de Hechos de Pablo y Pedro se dice que ambos estuvieron en un juicio ante Nerón por culpa de Simón el mago y que Eusebio en su historia eclesiástica III, cita de este mismo Simón como un enemigo y opositor a los cristianos y que fue enfrentado por Padro en Roma.

4)     Tertuliano reconoce al martirio de Pedro y Pablo al hacer referencia a Roma, como dando a entender que fueron martirizados allí.

Como refutación a argumentos, decir en primer lugar, que, para ese tiempo aún no se utilizaban simbolismos o nombres encubiertos para referirse a lugares, Pablo hablaba de Roma, incluso en su última carta sin utilizar símbolos clave, menciona que un cristiano llamado Onesíforo lo buscó allí en Roma hasta que lo encontró para fortalecerlo. En realidad, esa costumbre de camuflar nombres o hacer referencia simbólica se adoptó ya a finales del siglo I, cuando arreciaban las persecuciones en todo el imperio. El apóstol Juan la utilizó al referirse a la congregación como señora escogida o la hermana y sus hijos o en vez de utilizar el término hermanos, menciona los amigos. Pero en lo que respecta al nombre Babilonia, no hay pruebas que indiquen que se hacía referencia a Roma, pues se la menciona como una prostituta en sentido religioso montada sobre las naciones y no hay explicación cercana que indicara que Pedro al mencionar el lugar desde donde escribió su primera carta fuera un nombre simbólico. Por otro lado, las citas de Tertuliano se basan en una interpretación errónea de las palabras de Ignacio de Antioquía, quien nunca afirmó directamente que Pedro dirigiera la iglesia de Roma y muriera allí como mártir. Clemente de Roma, tan solo mencionó que Pedro viajó de este a oeste, lo cual no significa necesariamente que acabara sus días en Roma.

Además, había una especie de pacto entre Pedro y Pablo para dividirse el territorio, en la carta a los Gálatas, menciona que, así como a Pedro se le dio el privilegio de un apostolado para los circuncisos, al Pablo se le dio para los incircuncisos, por eso es de dudar que Pedro hay ido a evangelizar Roma, sabiendo que Pablo estaba allí. También es muy posible que Pedro estuviera en la pequeña ciudad construida cerca de las ruinas de la antigua Babilonia, muy lejos de la conflictiva zona de Judea, que para ese entonces estaba en plena revolución judía con amenazas de intervención romana, eso explicaría por qué no huyó a Pela, junto con los demás cristianos, porque al igual que Juan y otros apóstoles se habían alejado del peligro tiempo antes, ya no estaban en Jerusalén ni en Judea, no es entendible que expusiera su vida viajando a Roma en tiempos de Claudio, pues él expulsó a los judíos de Roma, ni en tiempos de Nerón quien había arrestado a Pablo. La posibilidad de que Pedro estuviese en la zona de Babilonia real, quizás la seleucida que Alejandro pretendió reconstruir, pero que no dejó de ser una pequeña ciudad donde aún se mantenía una pequeña comunidad judía cabe en lo posible. En su carta menciona a los cristianos de Asia, es verdad que hace referencia a Silvano y efectivamente a Marcos, pero no hace mención de otros datos que ayuden a sacar una conclusión clara. Lo que si es evidente es que al igual que Pablo se despidiera en una de sus cartas, Pero hizo lo suyo en su segunda carta, enviados supuestamente a los mismos receptores que la primera, en la que afirma que será desposeído de su tabernáculo, haciendo referencia al fin de su vida terrestre, esto era el año 65. Por otro lado, el libro de Hechos de Pedro, donde se da a entender que fue martirizado en Roma no es considerado un texto confiable, el mismo Eusebio lo expone como un libelo no creíble, por tanto, aunque hace referencia a hechos y personajes mencionados por otros historiadores cristianos, no es digno de tener en cuenta en este asunto.

            Para las décadas 70, 80 y 90 y conforme el cristianismo iba creciendo y aumentando en regiones remotas donde ya no se alimentaba solo de judíos conversos, entonces aparecieron miembros prominentes entre los gentiles que tomarían el relevo de los primeros. Pero teniendo en cuenta que los cristianos más veteranos eran originalmente judíos, tuvo que pasar tiempo para que eso sucediera. De hecho, el estilo y los métodos de organización original se mantuvieron hasta bien entrado el siglo II, se nota por el lenguaje de la Didaché y otros escritos de la época. Pero también crecieron las facciones rebeldes que trajeron divisiones que a la postre llevaron a la ruptura de ese cristianismo cohesionado. Se cree que, en Pela, refugio de muchos cristianos de la destruida Jerusalén y zona de Judea, se dio impulso a un movimiento rebelde, los judaizantes más extremistas, los ebionitas, eso indica el grado de descabezamiento de las congregaciones netamente judías.  

            Vamos a pasar ahora a mencionar unas pequeñas aclaraciones sobre personajes de esta época, que según el historiador Eusebio tomaron las riendas de la iglesia. El apóstol Pablo cita a un tal Lino en su carta a Roma, algunos, entre ellos Eusebio, afirman que este, tras la muerte de Santiago, Pablo y Pedro fue escogido como sucesor de estos. Pero en realidad solo se sabe que un cristiano llamado Lino se le dio la autoridad episcopal de Roma, además, se duda que fuera el mismo al que citó Pablo y tampoco aquello significaba liderazgo de la iglesia en general. También el apóstol menciona a Hermas en sus saludos en la carta a Roma. Algunos afirman que este Hermas fue el autor del libro El pastor de Hermas, un libro de gran importancia en el siglo II pues se considera como una constitución de leyes, normas y costumbres cristianas aplicadas desde antaño. Pero el hecho es que ese libro no aparece hasta muy avanzado el siglo II, siendo citado por Ireneo, Clemente de Alejandría, Orígenes y Tertuliano, pero no así por otros maestros anteriores, ni siquiera Clemente de Roma que sería uno de sus contemporáneos hace referencia a dicho escrito. Luego tenemos a Dionisio el Areopagita, un juez de Atenas que se hizo cristiano cuando escuchó a Pablo en el Areopago, según cierta tradición este hombre llevó a cabo una destacada obra en Atenas y dirigió la obra de aquella zona, aunque se tiende a confundir con otro personaje llamado igual, que fue un místico sirio del siglo IV, que nada tiene que ver, y los escritos atribuidos a Dionisio el Areopaguita no pertenecen al de Atenas sino al otro.

Otro asunto importante a tener en cuenta es que era muy posible que para esa época ya se habrían terminado de redactar al menos dos de los evangelios, el de Mateo es más que probable y el de Lucas también, solo que, dado el carácter personal que este tuvo en un inicio, recordemos que iba dirigido a un converso llamado Téofilo, al igual que el libro de los Hechos, no fue hasta décadas más tarde que ambas obras no tuvieron una circulación mayor. Eso deja al evangelio de Mateo y las listas de dichos y hechos como los principales medios de información sobre Jesús. Marcos tuvo que llevar a cabo su evangelio en los primeros años sesenta, posiblemente desde Babilonia cuando estuvo con Pedro y quizás lo finalizase en Roma, pues sabemos que visitó a Pablo junto con Timoteo y se llevaron varios pergaminos y rollos con ellos, posiblemente entre otros alguna copia de Mateo.

                                   La didache, primera constitución de normas cristianas

Hacia el año 70 se cree que se difundió un texto de normas y principios, a modo de constitución cristiana, la Didaché o Doctrina de los apóstoles, no se conoce el autor o los autores, pues da la impresión de haberse utilizado varios copistas para su elaboración, lo que nos hace pensar que quizás fuera un tratado para los iniciados, a fin de mostrarles las normas a seguir. Dentro de su contenido se detectan citas al evangelio de Mateo, lo cual corrobora que para ese tiempo dicho evangelio era una obra bien conocida. El lenguaje utilizado indica que quizás fuese preparado por y para cristianos nuevos, se cree que se originó en la zona de Siria, el hecho de que se recurra al término “cristianos”, puede hacer pensar que se escribiera en Antioquía de Siria, y si no se cita de esta obra en ninguna carta apostólica, es posible que fuera posterior a estas. Sin embargo, si encontramos alguna cita a las cartas apostólicas en ella, por eso necesariamente debe ser fechada con posterioridad al año 70. En este tratado se observa un lenguaje sencillo, muy diferente al de obras del siglo II, todavía con muchas reminiscencias al Antiguo Testamento, citas de Isaias y otros profetas, ninguna referencia a la divinidad de Jesús, se da importancia a los ayunos, se habla del bautismo sumergiendo en agua, como preferente, se estipulan rezos y diferentes liturgias sencillas, como la Cena del Señor, donde se estipula la participación solo para bautizados. Se habla de la identificación de los enviados itinerantes y cómo recibirlos e identificarlos como verdaderos o falsos y sobre el nombramiento de Ancianos y diaconos, en esto último podemos encontrar algunas reminiscencias a lo expuesto por Pablo en la carta a Timoteo o Tito, cuando dice: Elegid, pues, ancianos y diaconos dignos de Señor, varones mansos, indiferentes al dinero, veraces y probados (Didaché XV,1) También encontramos otro detalle común a Pablo cuando habla de los cristianos que eran esclavos: En cuanto a vosotros, esclavos, someteos a vuestros amos con temor y humildad, como si fueran la imagen de Dios (Didaché IV, 11) Encontramos una idea equivalente en la carta de Pablo a Tito. ¿A dónde nos lleva todo esto? A que de alguna manera o la Didaché cita a Pablo o los conceptos estaban estipulados a nivel interno, y tanto Pablo como la Didaché los exponían como algo común.

Además, se cree que circulaba por ese tiempo la Epístola de Bernabé, un extenso tratado a modo de carta, pero sin ser dirigida a ninguna congregación o ciudad en particular. Con un lenguaje elegante, pero en tono más de disertación, quizás originalmente se tratase de un discurso u homilía que transformó en carta a las congregaciones. En cualquier caso, se asigna a Bernabé porque así apareció titulado en la colección de manuscritos entre los que se encontró. No se menciona nombre alguno, ni en la introducción, ni en la conclusión, ni saludos hacia quienes fuera dirigida. Además, el contenido señala su antigüedad, pues parecía no conocer todos los evangelios, de nuevo solo cita al de Mateo, esto además queda corroborado por una mención en un texto escrito en Chipre, llamado “Viajes y martirio de Bernabé” fechado en el siglo V, en el que menciona que mientras estuvo en Chipre con Juan Marcos, Bernabé recibió el evangelio escrito por Mateo. No cita de las cartas apostólicas, pero si lo hace del Antiguo Testamento y de algunos escritos esenios incluso del libro de Enoc, como lo hiciera Judas, el hermano de Santiago. También intentó dar explicación a las visiones del profeta Daniel sobre la bestia de 10 cuernos. Las varias citas a hechos o palabras de Jesús provienen todas del evangelio de Mateo, como los detalles de que estando en el madero le intentaron dar vino mezclado con hiel, también destaca la que hace de Mateo 22:12, la frase de Jesús “muchos son los invitados, pero pocos los escogidos”, que solo recoge este evangelista. En su escrito hace referencia a la abolición de la circuncisión para los cristianos que se decretó en el año 49. Cita de un misterioso texto del siglo I llamado el Apocalipsis de Esdras (conocido también como 4º de Esdras), donde menciona el tiempo de penitencia de las almas de los justos esperando en la muerte a la próxima resurrección. Habla también de la importancia del bautismo al decir: Dichosos los que, puesta su esperanza en el madero, descienden al agua, porque a su debido tiempo obtendrán la recompensa (Ep Bernabé XI,8), haciendo una interpretación alegórica del Salmo 1:3-6 para aplicarlo al bautismo en inmersión. 


Para situar en el tiempo este escrito, podemos remitirnos a unas palabras en las que parece hablar de la reciente destrucción del templo y la promesa de una reconstrucción por parte de los romanos, veamos como lo expresa: Mirad que los que destruyeron el Templo son los que lo van a levantar. Eso está sucediendo, mientras ellos (los judíos) hacían la guerra los enemigos lo destruyeron; y ahora los súbditos de los enemigos lo van a levantar de nuevo (Ep Bernabé XVI, 3-5) Aquí encontramos la primera mención en presente de la destrucción de Jerusalén y su templo por parte de un cristiano, esto indica que este escrito fue realizado entre el año 70 y como muy tarde, antes de la llegada de la última rebelión judía en el 136. Las escasas citas de las cartas o evangelios lo acercan más al 70 que más tarde, aunque hay muchas dudas de que fuera Bernabé, por el hecho de que hable de los judíos en tercera persona, aunque para ser sinceros, Pablo también lo hace en ocasiones.

Para finalizar este breve estudio sobre esta época de silencio histórico, centrémonos en Clemente de Roma que fue uno de los primeros occidentales en sobresalir dentro del cristianismo, según Orígenes (siglo III), sirvió junto con Pablo en sus últimos años en Filipos. También Ireneo de Lyon, (siglo II) lo menciona en sus escritos, cómo contemporáneo tardío de los apóstoles, quizás haciendo referencia a Pablo y Juan. Según una cita conocida por Eusebio, Pablo lo menciona en una de sus cartas como compañero de fatigas, (Filipenses 4:3), aunque algunos ponen en duda que se refiera al mismo Clemente. Vamos a aceptar que fuese este Clemente al que saludó Pablo en su carta, aunque eso llevaría a que cuando este escribiera su carta tendría más de 70 años, claro que eso encajaría con las muchas citas que se hacen en sus cartas a los escritos de Pablo. Lo que si queda claro es que, de alguna manera, la labor de Clemente se suscribió principalmente al ámbito occidental, siendo Grecia la zona de mayor calado de su trabajo. De hecho, escribió una carta a los Corintios alrededor del año 95, que se conserva, aunque no fue aceptada como parte del canon de la Biblia. No obstante, su carta al igual que otros escritos de la época, circuló entre los cristianos y era leída en todas las congregaciones, y curiosamente apareció, junto con la Didaché, la encíclica de Bernabé y otros escritos fechados en la parte final del siglo I, por eso es de gran valor para conocer el cristianismo de esas décadas de silencio.

Parece que la costumbre común en aquellos tiempos en los que el papiro era de difícil adquisición fue pasarse las cartas de congregación en congregación. Es la principal razón del desgaste de aquellos primeros escritos y la desaparición de los originales. El mismo apóstol Pablo animó a leer a los colosenses una misiva enviada a los de Laodicea, aunque de esta última poco se sabe, circula un supuesto fragmento atribuido a Pablo, pero no llegó a ser parte del canon bíblico. El hecho de que Clemente de Roma, escribiera una carta a los corintios significa que jugaba un papel importante en la iglesia, aunque no necesariamente como se entiende hoy por líder o Papa de la iglesia, como algunos pretenden indicar, ni mucho menos, es más, en esa carta habla de los apóstoles en tercera persona, sin incluirse él en esa posición. Esto contrasta con la actitud de Pablo, que no ocultó, ni por parte de él ni de Bernabé, que eran apóstoles a las naciones. Teniendo en cuenta que el título de apóstol era lo más alto en aquellos tiempos, está claro que Clemente, aun siendo un cristiano prominente no entraba en la categoría de Pedro, Pablo o Juan.

Desde hacía años se había denunciado a los llamados falsos apóstoles, que no eran otros que aquellos que pensaban que por sus años de experiencia o por su veteranía, deberían sobresalir y lo hacían indebidamente buscando poder y dominio sobre los demás, Pablo condenó esta actitud, (2 Corintios 11:12-14). El apóstol Juan en el Apocalipsis al dirigir unas palabras a la congregación de Éfeso se refiere a estos como los que dicen ser apóstoles, pero no lo son y los relaciona con los seguidores de un sectario llamado Nicolás; al parecer los nicolaítas, mencionados dos veces en los consejos a las congregaciones, también son mencionados por Eusebio, junto con los seguidores de Simón el mago, aquel que quiso comprar los secretos de los milagros y, que fue rechazado por Pedro, según parece, se hizo opositor al cristianismo, si bien en el libro de los Hechos no habla nada de esto. En cualquier caso, estos personajes tuvieron cierta influencia en Asia menor durante esos años y fueron señalados y advertidos, así se evitaban brotes de herejía en las congregaciones. El brote de falsos apóstoles que pretendían liderar el cristianismo se estaba iniciando, aprovechando el hueco dejado por grandes pesos pesados de la talla de Pedro, Pablo o Santiago, mientras Juan se encontraba exiliado y fuera de juego.

En cualquier caso, la construcción de estas tres décadas, como hemos visto requiere admitir textos que no siempre son considerados auténticos por todos los expertos, o al menos contemporáneos a esa época, hemos escogido las pocas que parecen encajar en el contexto histórico, con ciertos matices, pero realmente son escasísimas las citas históricas que sitúen los acontecimientos y sucesos de esas tres décadas. Pero creemos que es suficiente ese testimonio, al menos Eusebio lo entendió así.

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